Etimológicamente, buena muerte; o indolora y serena. No discutiremos aquí su conveniencia, no es el sitio. El Réquiem de Brahms aborda la muerte desde su serena aceptación. Pero con serenidad cálida, emotiva, cercana. La afronta como última manifestación de la vida, tan natural y misteriosa como nacer o vivir. No hay en su texto ni en su música la sensación terrorífica de los destinados a la liturgia, especialmente la católica. Por eso, morir escuchando el Réquiem de Brahms, sobre todo sonando como lo hizo sonar Ros Marbà en Santiago, podría ser el tránsito ideal para muchos melómanos. El concierto fue una verdadera comunión, en su primera acepción: participación en lo común, lo de todos. Y lo de todos fue una rara emoción. De ésas que se hacen piedra en el pecho y lija en la garganta. De ésas que sólo acaban cuando se hacen manantial en…
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