Nunca hasta ahora había podido ver una ópera de Haydn en escena. Menos, su escasamente representada contribución final al género: ya se ve incluso por la fecha de su algo tardío estreno; tuvo mala suerte desde el principio entre problemas teatrales, incendios y otras menudencias londinenses. Así que, sin contar audiciones radiofónicas o en discos de variado soporte, este fue mi primer contacto teatral con Haydn (en más de cincuenta años no está mal). Fue, como tal vez debía ser, en Hungría, y en primer lugar hay que felicitar al teatro por estrenar finalmente la obra (ocurrió esto el año pasado) y por preocuparse de darle una ejecución musical cuidada. Lamentablemente, no se pensó en que el libreto -de aspiraciones iluministas él, ya desde el título mismo- era el talón de Aquiles y una explicación probable del carácter siempre singular…
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