En su frenética fuga de los modelos del pasado, sobre todo si son románticos, las óperas serias del siglo XX han evitado, como la peste, argumentos centrados en los conflictos sentimentales de amor. Se ha cantado de todo menos una declaración de réditos. No ha faltado quien -Richard Strauss en Capriccio- ha llevado al escenario una polémica estética, o quien, como Leoš Janáček, en este Věc Makropulos, haya construido una ópera en torno a un proceso testamentario. Pero lo más notable, según creo, en esta ópera del gran músico checo, es el haber tejido un relato tan dependiente del flashback. Esto no es habitual en la convención lírica porque la ópera se mueve cómodamente cantando el presente y el melodrama se muestra torpe cuando debe relatar antecedentes: es muy arduo explicar en poco tiempo cosas complicadas del pasado. Prueba…
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