Harry Kupfer me dijo una vez que Lohengrin era, escénicamente hablando, una obra imposible. Cuando a instancias de Baremboim, Kupfer finalmente escenificó esta obra en Berlin, su propuesta consistió en un juego de fantasía y realidad en el cual el caballero del cisne permanece todo el tiempo en una plataforma al fondo de la escena como el sueño de una Elsa enajenada. La producción de Antony McDonald para la WNO toma el toro por las astas al seguir la narrativa propuesta por Wagner al pie de la letra, solo que con un paisaje escénico diferente. Por empezar, nada de azul, sino todo sepia con la luminosidad tenue y evasiva de ese sol neblinoso típico de Flandes. Y en lugar de una ciudad del temprano medioevo a orillas del Schelde, vemos al comienzo un semicírculo de un cuartel militar con gradas y paredes de baldosa mugrienta donde el rey…
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