De entre los cineastas que han surgido a lo largo de la tan fértil como iconoclasta segunda mitad del siglo XX, uno de los que ha desarrollado una creación más personal, al tiempo que de mayor musicalidad en cuanto a ritmo de montaje tramado en base a acordes temporales de recuerdos (acordes que conectan diversas décadas y espacios, en un método que se antoja plenamente proustiano -enfoque que considero por influjo, he de reconocerlo, de concluir estos días de verano la totalidad de En busca del tiempo perdido-), se encuentra con mayúsculas el nombre del lituano Jonas Mekas (Semeniškiai, 1922). La obra de Mekas, ya sea su filmografía, así como sus escritos, es un ejercicio de memoria, de recuperación de los pasos que han marcado su vida: un gran libro jalonado por capítulos en letras e imágenes que nace con sus primeros poemas de…
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