Hay muchos modos de disfrutar de la música, pero sólo en el directo se disfruta de una experiencia como tal, sometida a ese inevitable y gozoso imperio de la fugacidad que es pilar fundamental de un concierto: algo que sucede de forma presencial. La obra de Mahler en su conjunto es también el relato de cosas que suceden, y en su Novena de cosas que sucedieron, con las que el compositor pareció desear ajustar cuentas: su época y su sociedad, su propia aventura amorosa, su creciente dominio sobre la música y el sonido de la orquesta, su vitalidad, plena y de largo aliento y, desde luego, su sentido del humor y gusto por lo sarcástico y su irreductible optimismo.
Rattle ofreció un Mahler construido con esos elementos y lo hizo a través de una orquesta estupenda, la LSO, que a mí me gustó mucho, pero a la que -discúlpenme los…
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