Que un buen marco realza el mérito de una pintura es una verdad tan palmaria como la importancia que tiene el entorno arquitectónico y decorativo en los recitales de música. El áspero racionalismo imperante, que marcó el siglo XX, fue el principal culpable de que a menudo se ignorara la importancia de la estética plástica en el diseño de las salas de concierto, en aras de otros factores, también relevantes —pero no excluyentes— como la calidad del sonido. Tan solo unas décadas antes, empero, un espíritu diametralmente opuesto, el de la obra de arte total o Gesamtkunstwerk —término acuñado por Wagner— había animado la concepción de hitos memorables del modernismo, como el Palau de la Música Catalana, de Domènech i Montaner. Permítasenos sugerir, abundando en esta idea, que no es lo mismo escuchar À Chloris, de Reynaldo Hahn o la…
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