Cójase una parte del cuento de Cenicienta, súmese el mito del nacimiento de Perseo arrojado en un tonel con su madre Dánae, unas gotas de folclore ruso, agítese, y se obtiene la fábula del zar Saltán, un buenazo ingenuo que causa su desdicha y la de su mujer y sucesor recién nacido por intrigas de una suegra y dos cuñadas despechadas y malas sin paliativos. Es lo que escribió Pushkin en un poema del que extrajo el habitual Belsky el libreto para esta ópera de Rimski que vio la luz con el siglo XX.
No hay tanta ferocidad crítica como en El gallo de oro en la producción que estrenó también La Monnaie y fue reseñada aquí mismo en el momento de su estreno en el Real de Madrid. Hay más ‘ingenuidad’ y ‘buenos sentimientos’, pero lo que hoy puede parecer ‘naïf’ y pasado ya se encarga Cherniakov de arreglarlo. Y como suele ocurrirle (véase La…
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