Editorial

Matar a un ruiseñor

Consejo Editorial

La acusación de acoso sexual a Plácido Domingo ha desatado una tormenta. Quienes asumen que su fama de mujeriego lo hace perfecto candidato para ser acosador compiten en estupidez con quienes, por amistad, lo defienden. Estos últimos siguen el modelo del párroco que sale en defensa del niño acusado de robar peras: “es monaguillo en mi iglesia y nunca vi que se bebiese el vino de misa.”

Estas cuestiones son muy serias y requieren respeto a las presuntas víctimas y a los presuntos acosadores. Los teatros que cancelan sus representaciones hacen bandera de una preocupante presunción de culpabilidad. 

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