Menos mal que hoy en Bucarest ha bajado la temperatura hasta unos razonables 27 grados, porque la perspectiva de escuchar el Barbazul de Bartók a las cinco de la tarde -como quien dice, después de comer- y al bochorno canicular que ha caído estos últimos días no era nada halagüeña: por más que el Ateneo Rumano goza de una eficiente -aunque algo ruidosa- climatización, había que llegar hasta ahí. Pues bien, no sólo la meteorología ha ayudado, sino que el concierto de esta tarde ha sido verdaderamente espectacular.
Ni siquiera de nombre me sonaba el pianista rumano Daniel Ciobanu (Piatra-Neamţ, 1991), del que he leído que ganó la medalla de plata en el Concurso Rubinstein de Tel-Aviv hace dos años, y que desde entonces no ha parado de cosechar éxitos. Hoy uno más, a mi entender. Es un chico menudo, de manos pequeñas, y de aspecto pálido que…
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