Las contadas ocasiones en que Claudio Abbado vuelve a dirigir en nuestro país, que sigue siendo el suyo pese a la forzada ausencia de ‘su’ Milan y de lo que fue ‘su’ Teatro alla Scala (chi vuol capire, intenda) en un exilio, no sabemos hasta qué punto, voluntario, son celebradas con una exaltación de fe, como un rito religioso. Su subida al podio es siempre acompañada por unas ovaciones que significan mucho más que el tributo al gran director de orquesta: cuando termina de dirigir, mientras no apoye la batuta en el atril, con un gesto que es casi de bendición, el aplauso no se desencadena y el publico queda con el aliento suspendido, como si se celebrara un altísimo sacramento.Esta ‘beatificación pagana’ en vida no tiene nada de extraño, sobre todo si el maestro se enfrenta, como en este caso para la apertura del 65 Maggio Musicale…
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