Y llegamos al tercer título, el que faltaba desde hacía
más tiempo en el Liceu. Tal vez por eso el más justificado, aunque también el
que exhibía algún claro entre el público. Tal vez aquel en que los tiempos de
Minkowski (una vez pasada una obertura algo desangelada gracias a las cuerdas
que luego mejoraron) parecieron menos vertiginosos que en las otras dos obras.
También se desempeñó muy bien el coro en la fosa dentro de las limitaciones que
la obra ofrece a su actuación.
Una sustitución nos trajo a la mejor de las voces
escuchadas, que ya se ha abierto camino por su cuenta, el barítono Florian
Sempey en Guglielmo (tal vez el pecho desnudo no estaba pensado para él), papel
que demostró conocer perfectamente aunque en algún momento pudo resultar un
punto en exceso vehemente. En todo caso la dirección se lo permitió, así como
cayó en los…
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