Habría sido un crimen de lesa música dejar de escuchar -pudiendo
hacerlo- a Renaud Capuçon en su versión de las tres Sonatas para violín de
Brahms. Frente a aquellos conciertos perfectamente prescindibles, hay otros -por
lo común rara vez a nuestro alcance- que dejan un poso indeleble en la memoria.
Prodigiosamente prolífico, sorprendentemente versátil, Renaud
Capuçon es una de las luminarias del panorama internacional, un intérprete en
la cúspide de su carrera. Tan impecablemente se mide con Bartók como con Vivaldi.
Cabría, empero, afirmar que, si en un ámbito resulta imbatible es en el
romanticismo francés, y especialmente en lo que atañe a autores como Saint-Saëns
o Franck. ¿No es cierto acaso que tanto uno como otro están emparentados
colateralmente con Brahms, pues los tres son, con diversos matices, herederos de
Schumann?
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