Tengo en Múnich un conocido -amigo sería regalarle
el sustantivo- al que Mozart no le gusta, tiene disgeusia focalizada. No estoy
hablando de alguien sin instrucción. El sujeto en cuestión dedicó y dedica una
buena parte de su fortuna, que sigue creciendo muy a su pesar, a recorrerse las
plateas de los mejores teatros, en aras de saciar un hambre de conocimiento
para el que, por sus aseveraciones, parece que su estómago no ha evolucionado
lo suficiente.
Que a alguien no le guste Mozart -o en su defecto lo finja,
que es aún más pernicioso para la salud- es un mal que no tiene cura, un cáncer
que por muchos vuelos privados que te puedas costear a Houston no vas a poder
nunca extirpar. Te comerá por dentro. En alguien con aparente criterio y los
mencionados posibles solo pueden esconder (1) ignorancia o (2) una soberbia
musical que, quienes…
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