En Italia, territorio sísmico por excelencia, la gente se
sorprende menos que en otros lados ante los caprichos telúricos, pero el que
afectó a la ciudad de L’Aquila en 1703 fue tan tremendo que se lo recuerda
todavía como “el gran terremoto”: murieron seis mil personas. Lejana
consecuencia de esto fue que, durante un tiempo, no se representaron óperas en
Roma en signo de penitencia.
Esto no impidió, de todas maneras, que el arte representativo,
aun aquel más sofisticado, hubiese de encontrar refugios en los palacios de los
principes de la Iglesia. La ciudad era un cosmos tan abierto que podía acoger a
un Cardenal como Pietro Ottoboni, sobrino del Papa, que alternaba su misión en
la Curia con la fundación de academias que suponían el perfeccionamiento en la
esgrima, la equitación y el baile. Ottoboni no era un frívolo, poseía…
Comentarios