Gris final de temporada para la
Ópera de Oviedo por la representación de una ópera que debería haber sido un
acontecimiento, como suele ocurrir con Wagner. En los niveles visual y vocal
hubo demasiados altibajos como para poder disfrutar plenamente de esta
maravillosa música. Pese a ello, la labor entregada de algunos cantantes y
conjuntos hizo que se siguiera con interés.
Lo peor fue, sin duda, el
Lohengrin de Samuel Sakker. Su técnica resta en vez de ayudar a conseguir una
labor artística de primer orden: el sonido es velar y en general resonado en
partes blandas, lo que impide un sinfín de condiciones imprescindibles que
cualquier espectador puede exigir a un tenor que interprete a Lohengrin: no hay
graves; la dinámica es limitadísima sobre todo con ciertas vocales, de lo que
resulta un canto monocorde; la capacidad de colorear ni está…
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