Hace escasamente un año del estreno de esta nueva producción
de uno de los títulos verdianos por antonomasia, y a ella me remito para todas
aquellas apreciaciones en torno a una puesta en escena que, con toda
honestidad, me sigue transmitiendo, amén de lo que señalé, una falta de
estímulos preocupante, tanto para el reparto que la tenga que sostener
(Kaufmann incluido) como para el público que la tenga que soportar.
Aprovecho en todo caso la ocasión para añadir una apreciación
más, como el que a pesar de desaparecer las manidas referencias monumentales a
Egipto en escena, o de enmascararse en demasía el fulgor de la guerra, el odio que
destila entre bambalinas parece en contraposición más vivo y destructor que en
otras lecturas del título, aunque el sentimiento antibelicista que embadurna la
entera lectura de Michieletto hace que los…
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