Si firmara estas
líneas con el seudónimo de Don Dinosaurio, echaría en ellas sulfúreas pestes
sobre la puesta en escena de este Ballo, afirmaría que ya no se canta
como en los antañones tiempos (esos en los que la próstata aún era una
maravilla biológica) y, digno en mi rencor, apuntaría con el mentón al lucero
del alba. Y aunque es una postura tentadora de asumir, por el prestigio que
confiere entre la gente de bien (y que probablemente vote bien), voy a intentar
resistirme un poco a sus encantos.
Y eso que lo de
dinosaurio, por razones laborales más allá de las prostáticas, me podría venir
como de molde. Trabajo de un tiempo a esta parte en un lugar que en mi mundillo
profesional se conoce, con cierta dosis de injusticia, como una reserva de especies
cuanto menos en vías de extinción. Paradojas de la vida, nuestra labor se nutre
de…
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