Durante mi primera visita a la Filarmónica de Oslo en 2019 me anunciaron
que la orquesta había elegido a “un chico de 23 años” como director musical a
partir del año siguiente. Un acto de fe hacia un joven talentoso, sugerí.
“¡Pero no!,” me contestaron. “Es un verdadero talento y la orquesta lo eligió
por unanimidad.”
Cinco años después estos dos conciertos me permitieron apreciar el
resultado del trabajo común entre Klaus Mäkelä (Helsinki, 1996) y una orquesta excelente
que, siempre en espera de un nuevo auditorio, lucha contra la acústica de una
sala que le obliga a proyectar su sonido con dificultad: los instrumentistas no
pueden escucharse entre ellos como lo hacen en las grandes salas europeas que
visitan en sus giras, y el director debe redoblar sus esfuerzos para controlar
variaciones dinámicas y cromáticas.
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