Ciertas
obras maestras del repertorio clásico esconden grandes peligros para el
intérprete. De una parte está la Escila de sus altísimas exigencias técnicas y
expresivas, de otra la Caribdis de emular a los gigantes que en el pasado las
han interpretado y el riesgo de caer en lecturas rutinarias. El Primer
concierto para piano y orquesta de Chaikovsky es una de esas peligrosas
cumbres, de modo que cuando acudimos a escucharlo lo hacemos con una cierta
intranquilidad, anhelando el supremo gozo que promete, pero también temiendo y
casi esperando la decepción.
En la velada
que reseñamos los intérpretes estuvieron felizmente a la inmensa altura de la
obra. Beatrice Rana abordó el primer tiempo con sombrío arrebato, sin blanduras
ni concesiones al sentimentalismo fácil, con empuje trágico y muy seriamente
romántico. La joven pianista italiana…
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