La reputación de Bellini como creador de sublimes melodías -en ese sentido por encima de Beethoven, Stravinsky dixit- le ha podido jugar alguna que otra mala pasada. Encerrado en esa reputación, a menudo se ha tendido a exagerar su lirismo, cayendo incluso en una cierta languidez estetizante que puede ser muy resultona en cuatro momentos precisos de cualquiera de sus óperas y fatalmente aburrida en el resto de la obra...
Pero Bellini, cuando escribe I Puritani, quiere sobre todo triunfar en París. Por supuesto, sabe que su punto fuerte es el lirismo, pero sabe también que al público parisino le gusta la espectacularidad, con juramentos, complots, desfiles, demostraciones bélicas y exhibición de trajes y decorados... y con mucha acción. Crea pues con su libretista, Pepoli (a la sazón el compositor ya se había enfadado con Felice Romani)…
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