Alguna vez habremos convenido en
que la maldición es el propio Wagner (su obra). Y que no te libera de ella ni
Satie soplando por el cálamo de una pluma de gallo francés y muy francés. Su
mérito tiene, a ver quién se lo niega. La condena, ese arrastrarte, está en sus
propias óperas. También en lo que él, gran (e interesado) fabulador, ficcionó a
posteriori en torno a ellas. Y, por supuesto, en las mareas de interpretaciones
que han pretendido, o no, desentrañarlas: psicoanalíticas, marxistas,
feministas, existencialistas, autobiográficas, religiosas, poscoloniales...
Y al parecer todo comienza,
supongo que por esas circunstancias en las que se mezclan la chiripa y el
talento, con El holandés errante. El caso es que, con unas vivencias
personales por aquí, una leyenda (o dos) por allá, un divertido libro de Heine
por acullá y una obra…
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