Volvió tras nueve años uno de los títulos preferidos de Bellini
en el Liceu. Sin llegar a considerarla como Leslie Orrey en su Bellini, la mejor obra de su autor (el
juicio se repite varias veces en el libro), sí se puede decir, contra quien la
encuentra ñoña o ridícula cuando no perimida que el autor “afrontó el asunto […]en
clave de extrema interiorización y de profunda, absoluta seriedad y
concentración sentimental” (F. Degrada citado en John Rosselli, Bellini, pág.118 de la traducción
italiana publicada por Ricordi en 2001).
Lo hizo esta vez en una nueva coproducción con el Real de
Madrid y los teatros de Tokyo y Palermo. La anterior se había utilizado sólo
una vez y, sin haberme parecido nada genial, tenía algo más de carácter e
interés que ésta, que recibió al final algún abucheo pero también aplausos comedidos.
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