Por fecha ópera del siglo XX, la gran ópera de Dvorak, y
la única popular de las suyas fuera de su país, es en realidad un ejemplo de
finales del XIX. No sólo por la ‘influencia’ de Wagner en la orquestación o en
la composición sino por la temática de su obra. Aunque haya escrito una sinfonía
‘del nuevo mundo’, el suyo -y sus medios- era ‘del viejo’.
Bien hizo el Liceu en reponer un título importante que
aquí no había tenido demasiada fortuna, incluso con la última reposición,
musicalmente buena pero destrozada por la premiada puesta en escena de Herheim,
que se presentaba como coautor. En este caso se utilizó la que presentó Madrid
hace un par de temporadas, lo mismo que luego en Dresde y en Valencia, que
lleva la firma de Christof Loy, y el resultado fue mejor que entonces, aunque
no del todo satisfactorio.
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