Agradable concierto
extraordinario de la OSCyL, en el que destacó la presencia del que ha sido
director asistente de la orquesta durante dos años, David Fernández Caravaca, y
de un programa muy intencionado que de alguna manera seguía la estela “mortuoria”
del abono 18 (Cuatro últimas canciones y Quinta de Mahler). Aquí
no tanto se evolucionaba hacia la luz, como en ese programa, como hacia la paz,
representada en el Réquiem de Fauré y su conclusión.
El director unió las tres
primeras obras, que teóricamente formaban una primera parte como un todo, algo
que denota una programación fundamentada, aunque los resultados fueron
irregulares: la intervención de los metales fue buena en el Aequale n.º 1
de Bruckner, mientras que el coro evidenció claras deficiencias, incluso dentro
de sus posibilidades, en Beati mortui de Mendelssohn, donde sonó…
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