El K-pop funciona menos como un género y más como un sistema: articula narrativa, plataformas, comunidad y un diseño de “producto” que convierte la atención en pertenencia. Esa arquitectura no es incompatible con la tradición sinfónica u operística. Al contrario, ofrece pistas para actualizar cómo se programa, se comunica y se monetiza sin renunciar a la exigencia artística.
En el universo coreano, cada lanzamiento se integra en un ecosistema de experiencias —contenidos seriados, encuentros y objetos documentales— que prolonga el vínculo antes y después del escenario. La lección trasladable no consiste en multiplicar ediciones vacías, sino en diversificar la experiencia de un mismo programa: materiales de proceso, encuentros breves, visitas técnicas y piezas de archivo que ayuden a comprender cómo se levanta una producción.
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