De repente, el teatro se
encendió con luces blancas y sonaron las alarmas de incendio, o mejor dicho de
bombardeo, como las que suenan en las ciudades en guerra. Pero no hubo instrucciones
de desalojo, porque, obviamente este era uno de esos trucos con que algunos regisseurs buscan sorprendernos antes de que el director de orquesta comience con la partitura. Algo ya bastante
repetido pero aparentemente efectivo para avivar el seso de algunos
espectadores.
Cuando las alarmas
cesaron, el telón se levantó para mostrarnos a todos los personajes de Giulio Cesare bajando apuradamente al
bunker de cemento que serviría como cuadro único a toda la obra. Un bunker de
donde nadie puede escaparse, como el infranqueable salón de El Ángel Exterminador. De vez en cuando
unas advertencias en neón rojo y en alemán en la parte superior informaban…
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