De nuevo Dima Slobodeniouk vuelve a dirigir a su OSG, la cual en 2013 acogió ilusionada a un director joven cuyo único capital era ofrecer grandes esperanzas. Las expectativas se cumplieron sobradamente, y la OSG y Slobodeniouk remontaron con éxito la crisis identitaria que la orquesta sufría en aquellos momentos. Sucedieron temporadas gozosas con muchos momentos gloriosos que permitieron que la orquesta batallase con obstáculos nada fáciles. Pero finalmente no pudo ante dos muros infranqueables: la crónica incompetencia de las administraciones públicas gallegas y la falta de una sede adecuada, acústica y funcionalmente. La OSG sigue teniendo que trabajar en el Palacio de la Ópera, un recinto tóxico para la música y para la salubridad, por el cual la orquesta paga un alquiler desorbitado que consume un alto porcentaje de su presupuesto.
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