Si la llamada última ópera bufa de Mozart es, según la
autorizada y en su momento poco compartida opinión de Edward Dent, la mejor de
las tres de sus autores (y tal vez gracias sobre todo al libreto de Da Ponte),
podemos o no estar de acuerdo, pero sin duda es la más difícil y elusiva de las
tres. Por empezar porque tiene la misma descripción que Don Giovanni, o sea ‘dramma giocoso’, y qué le vamos a hacer si al
gran Ludwig le horrorizaba el argumento, así como a buena parte de las
audiencias del romántico siglo XIX.
Hoy es, casi o sin casi, la más actual de
las tres obras maestras (no es que sea eso en sí mismo un mérito; podría hasta
ser lo contrario). Pero siempre ha sido difícil dar con la exacta proporción de
ironía, cinismo, humor, realismo y sentimiento que sin duda hay en la obra.
Basta recordar la ‘moraleja’ final:
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