Dos de las obras escénicas más representativas del
compositor húngaro Béla Bartók que provocaron incomprensión, cuando no
escándalo en sus premières, la una en
el campo del ballet pantomima (El
mandarín maravilloso, Colonia, 1926), la segunda su único título operístico
en un acto de estética simbolista (El
castillo de Barbazul, Budapest, 1918), se han ofrecido en maridaje por primera
vez al público madrileño bajo la óptica de Christof Loy con la sobriedad como
marca de la casa, una concepción teatral que no ha convencido por su manifiesta
escasez de ideas y falta de originalidad.
Para esta puesta en escena en el Teatro Real, el director
alemán opta por unificar ambas partituras en las que el amor destruye con sendos
prólogos hablados en el idioma del compositor a cargo de un actor -Nicolas
Franciscus- que se dirige al espectador y diserta…
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