La esperada visita de Marc
Albrecht a la Sala Sinfónica Jesús López Cobos se saldó con un resultado muy
positivo: para empezar, se percibió una especie de recomposición del sonido
hacia un tipo de tradición que se asocia directamente a los grandes maestros
alemanes, denso y bien armado desde los graves. Esto también obligó a que los
violines sonaran con bastante potencia casi en cualquier ocasión, lo que hizo
sacrificar la redondez.
Ese punto de estridencia pareció
no importar a Albrecht, que fue a lo suyo. Hubo, después, mucho trabajo sobre
todo en Brahms, donde el director hizo honor a las sutilezas estructurales
obviando prácticamente cualquier otra que estuviera relacionada con la belleza
sonora. Incluso cuando pudo hacer algo preciosista no lo hizo, lo cual no está
mal si tenemos en cuenta la riqueza que atesora su modo de concebir…
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