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Los pianistas más geniales

José Amador Morales
Los pianistas que dejaron huella Los pianistas que dejaron huella © 2015 by Sinatra / Berenice
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Los aficionados a la música en general, y al piano en particular, estamos de enhorabuena con la aparición del libro Los pianistas que dejaron huella *, última obra de Juan Miguel Moreno Calderón, en la que propone algo más que una mera galería de grandes intérpretes del teclado: construye un relato coherente sobre la evolución del pianismo a través de personalidades muy distintas, observadas siempre desde la doble perspectiva del músico experimentado y del divulgador apasionado. Y esto último es clave. Quienes conocemos al autor por sus conferencias, donde aúna análisis certeros y sumamente interesantes, sabemos también de su capacidad para entusiasmar contagiando su pasión por la música.

Esa virtud se reconoce igualmente en su trayectoria como escritor, desde Música y músicos en la Córdoba contemporánea (1999) o Leo Brouwer y Córdoba (2005), hasta el ya imprescindible Rafael Orozco: el piano vibrante (2016). En el caso que nos ocupa, Los pianistas que dejaron huella -subtitulado con acierto “Los pianistas más geniales, su historia y grabaciones recomendadas”- Moreno Calderón ofrece de nuevo una lectura amena y reflexiva que invita a recorrer el pianismo del siglo XX, el primero que puede ser analizado en profundidad gracias al testimonio fonográfico, a lo largo de sus casi cuatrocientas páginas. Y lo hace desde una premisa clara: solo a partir de la escucha, de la audición comparada, es posible comprender cómo se construyen una estética, una escuela o una manera personal de entender el instrumento.

La selección de cuarenta y dos pianistas revela tanto ambición como honestidad intelectual, ofreciendo una visión amplia y razonada de un siglo extraordinariamente fértil en el mundo de la hermenéutica pianística. Cada capítulo funciona como un retrato artístico en el que biografía, repertorio, técnica y estilo interpretativo se entrelazan con naturalidad. Conviven así las grandes “vacas sagradas” de la historia del instrumento -Rubinstein, Arrau o Richter- con referentes más alternativos, independientes o, si se apura, díscolos, como Friedrich Gulda, Dinu Lipatti o, desde luego, Glenn Gould.

Es incluso probable que el lector reconozca algunas de sus propias afinidades personales; así ha sido en mi caso con los interesantes capítulos dedicados a Jorge Bolet o Radu Lupu. Del mismo modo, como el propio autor advierte con plena conciencia en la introducción, “no están todos los que me gustaría, pero espero que los que están sí conciten un cierto grado de coincidencia entre el autor y cada lector”. Para ello ha recurrido al criterio de “tratar solo sobre pianistas que ya han desaparecido o que, estando entre nosotros, han finalizado una carrera concertística, están en el presumible final de esta o cuentan ya con una trayectoria lo suficientemente dilatada como para tener nosotros una opinión sobre su pianismo”.

Así que los lectores no encontrarán aquí citas a pianistas de indudable proyección mediática actual (pensemos en Lang Lang, Khatia Buniatishvili o Yuja Wang), aunque no es descartable un punto de añoranza ante la ausencia de ciertos nombres por los que se puedan sentir cierta inclinación personal (por ejemplo, Jorge Luis Prats o Arcadi Volodos en mi caso): “en este sentido, parece necesario advertir que lo que para uno puede parecer indiscutible, para otro no lo sea tanto”, concluye el catedrático de piano cordobés al respecto.

Uno de los grandes aciertos del libro es el modo en que Moreno Calderón sabe iluminar una figura con un detalle significativo. Así, al referirse a Maurizio Pollini, subraya no solo su revisión del sentido último de Chopin, sino su compromiso sostenido -y poco frecuente entre pianistas de primera línea- con la música contemporánea a lo largo de más de seis décadas. Un apunte que cobra especial peso a la luz de su reciente fallecimiento y del unánime reconocimiento que despertó en el mundo musical. 

Del mismo modo, en el retrato de Arturo Benedetti Michelangeli, basta la cita del Andante de Galuppi o de su célebre versión de la “Chacona” de Bach arreglada por Busoni (una debilidad personal, esta última, que comparto desde que la escuché por primera vez) para comprender hasta qué punto su obsesiva búsqueda de la perfección podía transformar una melodía sencilla en una experiencia sonora extraordinaria, al precio, eso sí, de un repertorio limitado y de una relación casi ritual con el escenario. 

También resulta muy reveladora, por citar otro ejemplo significativo, la enumeración de las grandes obras para piano que Sviatoslav Richter nunca abordó -desde el Emperador” beethoveniano hasta el Tercero de Rajmáninov-, poniendo de manifiesto el hecho de que incluso los genios se definen por lo que tocan, sí, pero también por lo que deciden no tocar.

Este tipo de observaciones, siempre apoyadas en grabaciones concretas, convierte la discografía en un elemento esencial del libro. Las recomendaciones no son accesorias: prolongan el texto y lo invitan a ser escuchado, provocando la imperiosa necesidad de buscar, encontrar y deleitarse con un legado fonográfico extraordinario. 

La cuidada edición de Almuzara acompaña con acierto un volumen pensado para leerse sin prisas. Los pianistas que dejaron huella posee la audacia de despertar la curiosidad, afinar el oído y recordarnos que el pianismo del siglo XX fue un territorio plural, lleno de contrastes, en el que cada gran intérprete dejó una huella inconfundible. 

Notas

Juan Miguel Moreno Calderón, "Los pianistas que dejaron huella", Córdoba: Ed. Berenice, 2025, 400 páginas. ISBN: 9791387811082

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