España - Galicia

Cenicienta y La rebelión en la granja

Theodor Smeu Stermin
La Cenicienta, dramaturgia de Lorena Conde
La Cenicienta, dramaturgia de Lorena Conde © 2026 by Real Filharmonía de Galicia
Santiago de Compostela, martes, 6 de enero de 2026.
Auditorio de Galicia. Serguéi Prokófiev, La Cenicienta, op. 87 Selección [Acto 1: Obertura. Danza del mantón. El padre de Cenicienta. El hada madrina, El hada de la primavera, La salida se retrasa, Escena del reloj, y Cenicienta marcha al baile. Acto 2: Cenicienta llega al baile y el gran vals. Las hermanas a dúo con las naranjas y ¡Medianoche! Acto 3: La mañana después del baile, El Príncipe con Cenicienta y Amoroso]. Lorena Conde, dramaturgia y dirección de escena. Belén Constenla, actriz. Lidia Veiga, actriz. Real Filharmonía de Galicia. Baldur Aurel Brönnimann, director. Asistencia: aproximadamente el 50% del aforo.
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Un concierto innecesariamente provinciano

Es difícil encontrar un espectáculo más provinciano que el Concierto de Reyes de la Real Filharmonía de Galicia. No porque falte dinero (lo vuelvo a decir: tenemos exactamente 444.117,44 euros más que en 2022). Tampoco nos faltan medios y el talento individual de los músicos nos alcanza muy bien (la modestia para modestos).

Lo que de verdad nos sobra es la despreocupación, la autocomplacencia y una peligrosa confusión entre lo artístico y lo cutre. Cutre con C de «cómete la vergüenza ajena».

Indulgencia agotada

Cuando sé que hay intervenciones dramáticas en un concierto, entro en la sala con cierta dosis de indulgencia, dispuesto a perdonar los errores inevitables de cualquier planteamiento escénico que no sea puramente dramático en el sentido aristotélico de la palabra.

Sin embargo, lo ocurrido anoche no admite indulgencia. He presenciado un abandono estético, técnico, moral e institucional. Callar ante ello sería aceptar que esto es lo normal. No lo es.

Escenografía: mucho plástico y pocas nueces

Se alzó el telón y apareció el decorado: mucho plástico y pocas nueces.

El escenario estaba invadido por globos, luces gratuitas y hasta destellos estroboscópicos sin aviso previo al público. No padezco epilepsia fotosensible; sin embargo, he acabado con dolor de cabeza, fatiga visual, sensación de desorientación y náuseas.

El concepto —the empty space, pregonado por Peter Brook a lo largo y ancho del globo— no llegó a los oídos de Lorena Conde, que lo llenó todo de ruido visual sin decir absolutamente nada.

Riesgos laborales como superstición

Los cables eléctricos cruzaban el escenario como si la prevención de riesgos fuera una superstición antigua. Lámparas de atriles alimentadas por corriente de 220 voltios, cables tendidos a lo largo y a lo ancho del escenario, esperando el tacón equivocado o el violonchelo mal apoyado.

El departamento de riesgos laborales, si existe, debería tomar nota de esto.

El programa de mano: errores que avergüenzan

El programa de mano, como ya es costumbre, contenía errores que no sorprenden, pero sí avergüenzan.

Quien lo redacta y quien se encarga de la plantilla de la RFG parecen competir por ver quién demuestra mayor desprecio por la mínima profesionalidad.

La principal de violonchelo, Barbara Switalska, figuraba en el programa, pero no estaba en el escenario. Su ausencia se notó. Mucho. Barbara es una violonchelista de excepción, capaz de llevar a sus espaldas a toda la sección.

Lo mismo ocurrió con Ioana Ciobotariu, la coprincipal de viola: presente en el programa, ausente en la realidad.

En cuanto al concertino… mientras nos sobra el dinero, podemos contratar concertinos que no son concertinos. En el caso de Bernat Prat, se trata de un violinista integrante de un cuarteto de cuerdas. No pongo en duda sus virtudes como violinista, pero me pregunto si los criterios de contratación de profesionales en el puesto de concertino invitado no sería algo pendiente de revisar por parte de la dirección técnica y artística de la Real Filharmonía de Galicia (RFG).

Vulgaridad disfrazada de postura política

Luego vino la chabacanería. Voces agudas, chistes de cintura para abajo, escupitajos con saña tras la palabra «príncipe» y tras cualquier referencia soez a la monarquía.

Lorena Conde puede ser republicana, woke, independentista o todo a la vez; es asunto suyo. Sabela García. la directora técnica también. Nadie es perfecto.

Pero permitir esta clase de ordinariez en una orquesta que aún se llama Real Filharmonía no es una postura política: es simple vulgaridad.

Cuando una de las actrices comenzó a perrear contra un inocente abanico, estuve a punto de abandonar la sala.

Analfabetismo como recurso escénico

Fardar de no saber pronunciar el nombre del compositor no es un recurso inteligente. Es una muestra de analfabetismo.

Convertir un cuento universal en la Noche de Reyes en un panfleto político de barrio bajo no es transgresión: es pobreza artística.

Triste, muy triste; tan triste como las risas enlatadas, flojas y encargadas. El contraste era grotesco: la mayoría de los músicos parecían estar tocando un réquiem.

La mimesis

A algunos de ellos se les ordenó hacer de animales. Y obedecieron.

Aquello no era música ni teatro: aquello recordaba a una versión grotesca de La rebelión en la granja de G. Orwell donde los animales cansados de la explotación se rebelan contra su dueño humano. Tras la revolución, crean un sistema basado en la igualdad. Sin embargo, los cerdos —especialmente Napoleón— acaban corrompiéndose y estableciendo una dictadura aún peor que la humana.

El único que se salvó del ridículo fue Carlos Méndez, el principal de contrabajo, porque tiene una gracia natural y se tomó en serio el papel. Y precisamente esa seriedad generó el efecto cómico. Los demás hicieron el payaso. Sin demasiada gracia. Personalmente, sufro cuando veo músicos obligados a este tipo de tesituras, que los convierten en actores diletantes y les quitan parte del brillo profesional.

La caída definitiva

Y cuando la directora técnica Sabela García irrumpió en el escenario en el papel de opresora de la rebelión, expulsando a unos supuestos protestatarios con pancartas ilegibles, la caída fue definitiva.

No se entendía el texto de la pancarta. No se leía la reivindicación. Tal vez pedían la dimisión de algún cargo. Lo que sí quedó claro es que no se puede caer más bajo. No, señora García: perder la vergüenza no la autoriza a actuar sobre el escenario. Desconozco qué oficio domina usted, pero su puesto es el de directora técnica. Contrate a profesionales y deje de jugar a «mamá, quiero ser artista».

Hizo usted el ridículo. Sin necesidad.

Omnipresencia y provincianismo

Definitivamente nos volvemos provincianos, señora. Le guste o no: provincianos sin remedio.

Usted empieza a ser omnipresente: está en la oficina, en tribunales de la RFG con voz y voto y ahora también en el escenario. Mañana quizá coge un violonchelo y se presenta a las audiciones. Tal vez a usted no le exijan el diploma y nos ahorraremos el trámite. A mí no me quedó claro qué personaje interpretaba: madrastra, hermanastra cruel, amiga del príncipe, cortesana, criada o villana genérica. Da igual.

Descortesía lingüística

No soy el más autorizado para hablar del uso del castrapo en un escenario, esa alteración anómala del gallego que daña tanto al castellano como, sobre todo, al propio idioma gallego, pero no debería permitirse llegar a este nivel de descortesía lingüística en un escenario público.

Un único instante honesto

Hubo un momento brillante en la noche, uno de los pocos: cuando Baldur Aurel Brönnimann, por fin, usó bien la batuta.

Convertido en el mago Voldemort, hizo aparecer unos zapatos luminosos de bazar asiático. Fue el único instante honesto de la velada: la fantasía asumió por fin su condición de baratija.

Momentos «¡Tierra, trágame!»

Una de las violinistas protagonizó uno de los momentos más ¡Tierra, trágame! de la noche. Exceso de implicación, pasión desbordada, y eso que solo le quitaron un zapato, ¡oiga!

Epílogo: un ciclo agotado

Desde el punto de vista musical no hay nada que decir. Lo gris, lo sumamente gris, ya no merece detenerse a opinar.

Pregunté a un amigo -que hace unos días me habló elogiosamente de la reciente reposición londinense de Cinderella por el Royal Ballet- si pensaba acudir. Sabiendo que dirigía Brönnimann, me respondió que no, que él ama la música de Prokófiev.

Brönnimann no baila, no canta, no dirige ni actúa, ¡pero no se lo pierdan! El Gran Contemporanizador estaba allí, subido al pedestal, con una falsa corona de rey sobre la cabeza, iluminado como quien no sabe que su espectáculo terminó hace tiempo.

Tal vez ha llegado el momento de reconocer que este ciclo está agotado. Cuando un proyecto necesita sostenerse en focos, consignas, vanidades, doctrinas y experimentos sin riesgo real, conviene preguntarse si no ha perdido ya su razón de ser.

Y si decide irse, que se lleve consigo la arrogancia convertida en método, la prepotencia disfrazada de pedagogía, las liturgias vacías, las ideas ultra-contemporáneas sin sustancia, los experimentos con gaseosa, las metáforas gastadas, los discursos huecos, las falsas sonrisas, los aplausos programados, las teorías sin anclaje, las promesas infladas, las brújulas sin norte, los mapas sin territorio, las conquistas imaginarias, las nostalgias prefabricadas, las preguntas evitadas, los finales mal cerrados, los gestos ensayados, los pentagramas torcidos, el permanente do de pecho desafinado y, si queda espacio en la caja de la vergüenza, ese humo conceptual que nunca terminó de convertirse en música.

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