"Enemigo del pueblo", así, sin el artículo indefinido que encabeza el original de Ibsen. Àlex Rigola y Francisco Coll remarcan con esta elisión no sólo la obviedad de que su obra es una adaptación, sino la idea de que lo que abordan, más que una tragedia individual dentro de un determinado contexto social, es la disección de cómo se aplica una y otra vez la terrible categoría de "enemigo del pueblo". Ya no se trata de que consideremos que cualquiera podría llegar a ser un doctor Stockmann, sino de evidenciar que lo que le ocurre a él está siempre aconteciendo. De continuo se construyen enemigos -raciales, biológicos, ideológicos, económicos...- y de continuo se proclaman masas supuestamente auténticas, cuando no puras, que se sienten amenazadas por ellos. Y con frecuencia, como le ocurre al protagonista cuando colapsa, el recurso al individualismo, investido o no de razón, pero tal vez sí de resentimiento, adopta los tintes de un discurso parafascista.
En cualquier caso, Rigola y Coll, en un ejercicio donde la dramaturgia se pliega a las necesidades de la partitura -y ambas se someten a los límites económicos de la producción-, logran mostrar las líneas de fuerza principales del drama de Ibsen y ser tan poco compasivos como el noruego con el espectador que vaya buscando resoluciones morales definitivas. Lo consiguen pese a la reducción del número de personajes -sólo cinco cantantes, más uno mudo, y el coro- y en dos actos sin interrupción -cinco escenas en el primero y tres en el segundo-, con una duración total de unos 80 minutos.
El libreto sacrifica la dosificación gradual de la tensión para centrarse en una sucesión de momentos clave, a modo de estaciones dramáticas, con roles tendentes a lo arquetípico, aunque sin que acabe adquiriendo la apariencia de un oratorio. Si bien el número de la turba concita el encuentro de diversas fuerzas en una suerte de clímax, no parece que finalmente se pretenda llegar, tras una fluida progresión, a la catarsis. Más bien, lo que prevalece es algo tan ibseniano como que la vida no se detiene y que el conflicto permanece.
Y es aquí donde la música asume su papel central: se encarga de engarzar esos momentos dramáticos, tanto por la unidad de estilo vocal como por el recurso a ciertos motivos recurrentes. También es ella la que intensifica, comenta y colorea cada una de las ocho situaciones, especialmente a través de una deslumbrante orquestación, repleta de información, y testimonio, además, del amplio conocimiento del compositor, capaz de integrar diversas tradiciones de escritura en un lenguaje coherente. No obstante, he de confesar que no me siento cómodo juzgando una obra compleja como esta, fruto del encargo de Les Arts y el Teatro Real -que la coproducen-, tras la asistencia a una única representación, la segunda en este caso. Intenté acudir a una más de las tres que se ofrecieron y no me resultó posible. Que me perdonen, pues, tanto los autores como el eventual lector, mi osadía.
La ópera se inicia con una obertura que es un pasodoble dislocado, entre otros recursos, por el uso de compases de amalgama. Es toda una declaración de intenciones, análoga a la de Berstein en el inicio de Trouble in Tahiti. Si para el estadounidense la apropiación del estilo musical de los jingles publicitarios y de las armonías a lo The Andrews Sisters es una muy fina capa de barniz aparentemente dichoso, pero que oculta un mundo sórdido, el pasodoble de Coll despoja de alegría ingenua un símbolo por excelencia comunitario, identitario y festivo para hacer de él algo grotesco. Retuerce un lenguaje musical asociado a la felicidad para mostrarnos el lado hipócrita de la comunidad: el paraíso económico y sanitario del pueblo en el que se desarrolla la acción está en realidad física y moralmente podrido. El pasodoble, por cierto, volverá a sonar más allá de la obertura.
Por su lado, la línea vocal de la obra imita los ritmos y las inflexiones del habla natural, priorizando la claridad narrativa y la inteligibilidad del texto, con saltos al agudo mediante intervalos amplios en los acentos tónicos, como si fueran pequeños estallidos emocionales. Estos saltos exigen un control extremo del cambio de registro en los cantantes, que a menudo se han de imponer sobre una compleja trama de texturas orquestales.
Respondió el elenco al desafío con resultados en general notables y especialmente sobresalientes en los casos del barítono José Antonio López como Doctor Stockmann y de la soprano Brenda Rae como su hija Petra. Buen trabajo también el de la mezzo Marta Fontanals-Simmons, que afrontó el papel de Marta con el que los autores cambiaron el género de quien en Ibsen es el representante de los empresarios locales.
Mientras, los tenores sufrieron un poco más. Moisés Marín lo hizo cumpliendo con el desagradable y poco transigente rol de alcalde e Isaac Galán estuvo un punto exangüe en su cometido de periodista, lo que, por otra parte, no deja de conferirle un realismo, por desgracia, demasiado actual
Igualmente actual es la puesta en escena, también al servicio de la música, aunque sin duda significativa por sí misma, con pocos objetos de atrezo, localizada en un exterior próximo al mar -admitió Rigola que optó por exteriores para no añadir más ahogo a un texto dramático ya de por sí opresivo- y en la que una luz, paulatinamente cambiante, cumple una función esencial. Evoluciona desde lo dorado y refulgente hasta el gris azulado de la soledad final, pasando por los ocres y rojos de los momentos de mayor presión, y, de algún modo, ejerce de contrapunto a la densidad sonora.
Por allí se mueve, mudo, como ya se ha avanzado más arriba, un personaje muy importante en la obra de Ibsen, el suegro del doctor, el gran capitalista local y uno de los causantes con su actividad del mal que se quiere negar. No deja de ser un detalle irónico que este señor adinerado no pudiera cantar en esta ópera por decisión de la producción: otra voz habría elevado los costes más allá de lo presupuestado.
El propio Francisco Coll estuvo al frente de una orquesta absolutamente ejemplar que, pese a lo mucho y variado que las partichelas demandaban, apuesto a que disfrutó de lo lindo. El coro, como acostumbra, no supo ser menos, bien cantando en el escenario o bien, como ya ha hecho en varias ocasiones, fuera de él.
Estuvo el público respetuoso, no hubo fugas durante la representación y se aplaudió con un énfasis que iba más allá de la mera cortesía. Así que no parece que Coll se granjeara en esta ocasión enemicus (enemigo privado) ni se le elevara a la condición de hostis (enemigo público). Aunque, en fin, cualquiera se atreve a asegurarlo tal y como están los tiempos.
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