Hay noches mágicas en las que extrañas e invisibles relaciones entre los músicos hacen que suceda una especie de fenómeno de comunión entre todos los presentes, que hasta las toses desaparecen. Esa posibilidad es la que hace que la música sea adictiva. Esta noche ha sucedido.
La orquesta sinfónica de Singapur es extremadamente eficaz en sus componentes occidentales, y extremadamente seria y concienzuda en su parte oriental. Salvo deslices ocasionales y circunstanciales sonaron todos maravillosamente. El director es magnífico, con una dirección sentida pero no exagerada, a través de unas indicaciones tan útiles como plásticas: hace una inmersión profunda en la música, se enajena con ella de tal manera -dirige sin partitura-, que crea una empatía sin fisuras. La obertura de Mendelssohn fue exquisita, como la propia música, sin excesos, sin…
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