Si no lo sobrepasaba, seguro que el número de decibelios rozaba la frecuencia umbral del dolor. La amplificación del sonido era tal vez apta para un lugar abierto, pero a todas luces inadecuada para una sala convencional de conciertos. A no ser que estuviese destinada a camuflar la inconsistencia de un espectáculo rudo, arisco, soez y primitivo, carente de toda articulación dramática y con pretensiones de impresionar o provocar al auditorio. No es de extrañar entonces, que a partir de los diez minutos de función empezase el flujo de deserciones de una sala que comenzó con lleno total y terminó semiaforada y con división de opiniones: Unos aplaudieron y otros abuchearon o patearon.
El espectáculo de Bregovic se articula en dos partes: En la primera, subtitulada ‘La vida real’, interviene Kleopatra –una gitana que predice el futuro en un…
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